Hay conversaciones que mantenemos todos los días y a las que apenas prestamos atención.

No ocurren en voz alta.
No las escuchan quienes nos rodean.
Pero tienen un impacto enorme en cómo nos sentimos.
Son las conversaciones que tenemos con nosotros mismos.
Ese diálogo interno que aparece cuando cometemos un error.
Cuando algo no sale como esperábamos.
Cuando nos sentimos inseguros o atravesamos un momento difícil.
Y aunque muchas veces no somos conscientes, la forma en la que nos hablamos puede convertirse en una de nuestras mayores fuentes de apoyo… o en una de nuestras mayores fuentes de sufrimiento.
Piensa por un momento en algunas de las frases que te dices cuando las cosas no salen bien:
«Debería haberlo hecho mejor.»
«Siempre me equivoco.»
«No soy suficiente.»
«No puedo con esto.»
Si una persona a la que quieres estuviera pasando por una situación difícil, ¿le hablarías de esa manera?
Probablemente no.
Sin embargo, muchas veces nos exigimos una comprensión, una perfección y una fortaleza que no exigiríamos a nadie más.
La autocrítica no siempre se presenta de forma evidente. A veces aparece disfrazada de exigencia, de responsabilidad o de ganas de mejorar.
Pero cuando esa voz se vuelve constante y excesivamente dura, puede afectar a nuestra autoestima, aumentar la ansiedad y hacernos sentir que nunca hacemos lo suficiente.
La autoestima no se construye únicamente a partir de nuestros logros o de cómo nos valoran los demás.
También se construye a través de la relación que mantenemos con nosotros mismos.
A través de cómo nos tratamos cuando fallamos.
De cómo nos acompañamos cuando sufrimos.
De la paciencia que tenemos con nuestros propios procesos.
Tener una buena autoestima no significa pensar que somos perfectos.
Significa reconocer nuestras dificultades sin convertirlas en una condena.
Significa entender que equivocarse forma parte de ser humano.
Y significa aprender a hablarnos con el mismo respeto, comprensión y amabilidad que ofrecemos a las personas que queremos.
La próxima vez que te descubras siendo especialmente duro o dura contigo, quizá puedas detenerte un momento y preguntarte:
¿Esta forma de hablarme me ayuda a crecer o me está haciendo daño?
Porque la salud mental no solo tiene que ver con cómo gestionamos nuestras emociones.
También tiene que ver con la voz que nos acompaña cada día.
Y a veces, aprender a tratarnos con más compasión puede ser uno de los cambios más importantes que hagamos por nuestro bienestar.
A veces no podemos cambiar inmediatamente aquello que nos ocurre, pero sí podemos empezar a cambiar la forma en la que nos acompañamos mientras lo atravesamos. Y ese pequeño cambio, aunque parezca sencillo, puede transformar profundamente la relación que tenemos con nosotros mismos.
